El socavón de la Del Valle llevaba meses mandando indirectas
Tamaño de letra
Hay historias de amor que empiezan con una señal pequeña que nadie quiso leer. Ésta empezó con un hundimiento en el pavimento y un orificio modesto en el cruce de Concepción Béistegui y Adolfo Prieto, colonia Del Valle, alcaldía Benito Juárez. Un agujerito discreto, casi tímido, de esos que uno esquiva con la llanta y sigue con su vida.
El orificio, en cambio, sí tenía planes. Fue creciendo. Se extendió con la paciencia de quien sabe que nadie lo va a interrumpir. Y la noche del miércoles se destapó como lo que siempre quiso ser: una oquedad de diez metros de largo y cuatro y medio de profundidad que prácticamente abarca todo el arroyo vehicular. De grieta a cráter. Es la carrera profesional más exitosa registrada este año en la Benito Juárez.
La causa oficial es una fractura en un tubo de drenaje. Las labores de reparación, sin embargo, se complicaron ayer por la mañana con un deslizamiento de tierra en la zona. Los trabajadores explicaron que tuvieron que hacer una excavación más profunda para sustituir la tubería, pero se les complicó la conexión en el extremo norte de la red. Traducido del gremial al ciudadano: el hoyo pidió más hoyo.
Hay algo hermosamente capitalino en esto. Somos la ciudad que acaba de recibir turistas de 80 países, que presumió 4.5 millones de viajes extra en transporte público y que celebra una derrama económica de decenas de miles de millones de pesos por el Mundial. Y debajo de todo ese esplendor corre una red de drenaje que se comunica con nosotros exclusivamente mediante colapsos. No hay boletín previo. No hay aviso. Hay un pequeño orificio durante meses y luego, una noche cualquiera, la calle decide jubilarse.
Lo más elegante del asunto es la geografía. La Del Valle: colonia de cafeterías con menú en pizarrón, de departamentos que se anuncian como "a pasos del parque", de vecinos que sí se organizan y sí escriben oficios. Si a ellos les toma meses convertir un orificio en atención, uno se pregunta cuántos años dura la fase larvaria de los socavones en colonias donde nadie llena formularios.
Mientras tanto, el cráter ahí sigue, cercado, iluminado, con su cuadrilla alrededor y su deslizamiento de tierra como plot twist. Los vecinos ya se acostumbraron a rodearlo. Algún día lo van a tapar, se va a repavimentar el arroyo vehicular y todo quedará liso y silencioso otra vez. Y en algún punto de esa superficie perfecta aparecerá un hundimiento pequeñito, casi imperceptible, que nadie va a reportar porque total, es chiquito.
La ciudad no se hunde de golpe. La ciudad se hunde por entregas, como las telenovelas. Y nosotros seguimos viendo el capítulo sin cambiar de canal.
El orificio, en cambio, sí tenía planes. Fue creciendo. Se extendió con la paciencia de quien sabe que nadie lo va a interrumpir. Y la noche del miércoles se destapó como lo que siempre quiso ser: una oquedad de diez metros de largo y cuatro y medio de profundidad que prácticamente abarca todo el arroyo vehicular. De grieta a cráter. Es la carrera profesional más exitosa registrada este año en la Benito Juárez.
La causa oficial es una fractura en un tubo de drenaje. Las labores de reparación, sin embargo, se complicaron ayer por la mañana con un deslizamiento de tierra en la zona. Los trabajadores explicaron que tuvieron que hacer una excavación más profunda para sustituir la tubería, pero se les complicó la conexión en el extremo norte de la red. Traducido del gremial al ciudadano: el hoyo pidió más hoyo.
Hay algo hermosamente capitalino en esto. Somos la ciudad que acaba de recibir turistas de 80 países, que presumió 4.5 millones de viajes extra en transporte público y que celebra una derrama económica de decenas de miles de millones de pesos por el Mundial. Y debajo de todo ese esplendor corre una red de drenaje que se comunica con nosotros exclusivamente mediante colapsos. No hay boletín previo. No hay aviso. Hay un pequeño orificio durante meses y luego, una noche cualquiera, la calle decide jubilarse.
Lo más elegante del asunto es la geografía. La Del Valle: colonia de cafeterías con menú en pizarrón, de departamentos que se anuncian como "a pasos del parque", de vecinos que sí se organizan y sí escriben oficios. Si a ellos les toma meses convertir un orificio en atención, uno se pregunta cuántos años dura la fase larvaria de los socavones en colonias donde nadie llena formularios.
Mientras tanto, el cráter ahí sigue, cercado, iluminado, con su cuadrilla alrededor y su deslizamiento de tierra como plot twist. Los vecinos ya se acostumbraron a rodearlo. Algún día lo van a tapar, se va a repavimentar el arroyo vehicular y todo quedará liso y silencioso otra vez. Y en algún punto de esa superficie perfecta aparecerá un hundimiento pequeñito, casi imperceptible, que nadie va a reportar porque total, es chiquito.
La ciudad no se hunde de golpe. La ciudad se hunde por entregas, como las telenovelas. Y nosotros seguimos viendo el capítulo sin cambiar de canal.