Gracias por los 66 mil millones, ahora hágase para allá
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El itinerario emocional del mexicano en el Mundial 2026 se puede resumir así: primero nos sentimos anfitriones del planeta, después nos sentimos invitados y al final nos enteramos, por micrófono ajeno, de que ya no vamos a estar en la lista de la próxima.
Los números de casa eran para presumir. La Ciudad de México reportó una derrama económica de entre 44 y 66 mil millones de pesos, más de 100 mil empleos formales, un incremento de 21 por ciento en turistas y más de cuatro millones de visitantes de unos 80 países. Vinieron a Xochimilco, a Tlalpan, a Iztacalco, a Tláhuac y a Iztapalapa. Usaron el transporte público, que hizo 4.5 millones de viajes extra, y hasta se logró que aceptara tarjetas bancarias, hazaña que en esta ciudad tiene rango de milagro guadalupano.
Y entonces, en una recepción de la FIFA celebrada en la Trump Tower de Nueva York, el presidente de Estados Unidos calificó al Mundial como "el evento deportivo más exitoso tal vez en la historia del mundo", lo comparó con hacer 78 Super Bowls en menos de dos meses, bromeó con organizar una edición junto con China y planteó que Estados Unidos sea sede en solitario en 2038, dejando fuera a México y Canadá. Su frase, según lo reportado, fue del tipo "fue bonito tenerlos, pero elegimos a alguien más para el siguiente". El director del grupo de trabajo de la Casa Blanca para el Mundial ya explicó la lógica: el país tiene estadios e infraestructura construidos, así que saldría más barato.
Uno entiende el razonamiento contable. Es el mismo con el que alguien te invita a su fiesta porque tienes hielera y camioneta, y al año siguiente ya se compró hielera.
El detalle exquisito es cronológico: la declaración ocurrió mientras la presidenta de México confirmaba que viajará a la final entre Argentina y España en el MetLife Stadium, precisamente por invitación directa de él. Es decir: te invito a la final, y de paso, frente a las cámaras, te aviso que ya no cuentes para 2038. La diplomacia deportiva alcanzó un nivel de sofisticación que ni Talleyrand.
México, mientras tanto, coloca lo que puede en la mesa: el árbitro Guillermo Pacheco Larios, de Nogales, formará parte del equipo de videoarbitraje de la final. Está designado como reserva del VAR, o sea, el suplente del cuarto árbitro de la sala oscura. Es poco. Pero es un mexicano adentro de la final, y ya sabemos que este país celebra con la misma intensidad un gol que una acreditación.
Y luego está el consuelo doméstico: mientras allá se reparten los mundiales del futuro, aquí convocaron por TikTok a un Haaland Fest en el Zócalo para festejar el cumpleaños de un delantero noruego. No hay mejor metáfora. Nos sacan del organigrama internacional y nosotros respondemos organizando una fiesta en la plancha para alguien que no nos conoce, no nos debe nada y probablemente no sepa dónde queda el Zócalo.
Somos así. Ponemos la sede, ponemos el transporte, ponemos los 66 mil millones, ponemos el mole y ponemos la sonrisa. Y cuando nos dicen que para la próxima no hace falta que vengamos, contestamos que no hay bronca, que igual ahí estamos, y preguntamos a qué hora es el pastel.
Los números de casa eran para presumir. La Ciudad de México reportó una derrama económica de entre 44 y 66 mil millones de pesos, más de 100 mil empleos formales, un incremento de 21 por ciento en turistas y más de cuatro millones de visitantes de unos 80 países. Vinieron a Xochimilco, a Tlalpan, a Iztacalco, a Tláhuac y a Iztapalapa. Usaron el transporte público, que hizo 4.5 millones de viajes extra, y hasta se logró que aceptara tarjetas bancarias, hazaña que en esta ciudad tiene rango de milagro guadalupano.
Y entonces, en una recepción de la FIFA celebrada en la Trump Tower de Nueva York, el presidente de Estados Unidos calificó al Mundial como "el evento deportivo más exitoso tal vez en la historia del mundo", lo comparó con hacer 78 Super Bowls en menos de dos meses, bromeó con organizar una edición junto con China y planteó que Estados Unidos sea sede en solitario en 2038, dejando fuera a México y Canadá. Su frase, según lo reportado, fue del tipo "fue bonito tenerlos, pero elegimos a alguien más para el siguiente". El director del grupo de trabajo de la Casa Blanca para el Mundial ya explicó la lógica: el país tiene estadios e infraestructura construidos, así que saldría más barato.
Uno entiende el razonamiento contable. Es el mismo con el que alguien te invita a su fiesta porque tienes hielera y camioneta, y al año siguiente ya se compró hielera.
El detalle exquisito es cronológico: la declaración ocurrió mientras la presidenta de México confirmaba que viajará a la final entre Argentina y España en el MetLife Stadium, precisamente por invitación directa de él. Es decir: te invito a la final, y de paso, frente a las cámaras, te aviso que ya no cuentes para 2038. La diplomacia deportiva alcanzó un nivel de sofisticación que ni Talleyrand.
México, mientras tanto, coloca lo que puede en la mesa: el árbitro Guillermo Pacheco Larios, de Nogales, formará parte del equipo de videoarbitraje de la final. Está designado como reserva del VAR, o sea, el suplente del cuarto árbitro de la sala oscura. Es poco. Pero es un mexicano adentro de la final, y ya sabemos que este país celebra con la misma intensidad un gol que una acreditación.
Y luego está el consuelo doméstico: mientras allá se reparten los mundiales del futuro, aquí convocaron por TikTok a un Haaland Fest en el Zócalo para festejar el cumpleaños de un delantero noruego. No hay mejor metáfora. Nos sacan del organigrama internacional y nosotros respondemos organizando una fiesta en la plancha para alguien que no nos conoce, no nos debe nada y probablemente no sepa dónde queda el Zócalo.
Somos así. Ponemos la sede, ponemos el transporte, ponemos los 66 mil millones, ponemos el mole y ponemos la sonrisa. Y cuando nos dicen que para la próxima no hace falta que vengamos, contestamos que no hay bronca, que igual ahí estamos, y preguntamos a qué hora es el pastel.