Paraíso Real: treinta años esperando que llegue el paraíso, y de preferencia el drenaje
Tamaño de letra
Hay nombres que envejecen mal y hay nombres que envejecen como profecía irónica. Paraíso Real, colonia al oriente de León, pertenece a la segunda categoría con una contundencia que ya raya en el arte conceptual.
Los vecinos llevan cerca de treinta años habitando el lugar. Treinta. Y en ese lapso no ha llegado la escrituración, ni el drenaje, ni el agua potable. Tres décadas es tiempo suficiente para que un recién nacido se titule, se case, se divorcie, se vuelva a casar y le explique a sus propios hijos que la casa donde crecieron técnicamente no está a nombre de nadie de la familia.
Lo notable del asunto no es la carencia, que en el Bajío ya se colecciona como estampa. Lo notable es la duración. Treinta años no es un retraso: es una tradición. Es más antiguo que muchos programas municipales, que varios partidos políticos con registro y que la mayoría de los funcionarios que en algún momento prometieron resolverlo. Uno puede imaginar el expediente, si existe, con la pátina noble de un documento colonial, guardado en algún archivero donde las carpetas ya tienen derechos adquiridos.
El trámite de escrituración, en teoría, es un acto administrativo. En Paraíso Real se ha convertido en algo más parecido a una creencia: se transmite de generación en generación, se menciona en las reuniones familiares, se invoca cuando alguien quiere vender y descubre que no puede, y produce en los mayores esa mirada perdida que antes solo daban las cosechas perdidas.
Mientras tanto, la vida sigue. Sin drenaje, que es el detalle donde la poesía se acaba de golpe. Sin agua potable, que es donde la vida se vuelve logística diaria: acarrear, guardar, medir, racionar. Es decir, treinta años de administrar la escasez con una eficiencia que ya quisieran ciertas dependencias.
Y sin embargo, esta misma semana el estado presume que sus habitantes reportan una satisfacción con la vida de medio a alto. Uno se pregunta cuánto de esa satisfacción es genuina resiliencia mexicana y cuánto es el mecanismo psicológico de quien lleva tres décadas esperando y ya aprendió a no preguntar. Hay algo profundamente guanajuatense en eso: la capacidad de decir "ahí la llevamos" mientras se carga la cubeta.
De momento, los vecinos siguen habitando su paraíso. Real, según el nombre. Pendiente, según el papeleo. Y con la esperanza —esa sí, potable y abundante— de que alguien encuentre el expediente antes de que cumpla la mayoría de edad por segunda vez.
Los vecinos llevan cerca de treinta años habitando el lugar. Treinta. Y en ese lapso no ha llegado la escrituración, ni el drenaje, ni el agua potable. Tres décadas es tiempo suficiente para que un recién nacido se titule, se case, se divorcie, se vuelva a casar y le explique a sus propios hijos que la casa donde crecieron técnicamente no está a nombre de nadie de la familia.
Lo notable del asunto no es la carencia, que en el Bajío ya se colecciona como estampa. Lo notable es la duración. Treinta años no es un retraso: es una tradición. Es más antiguo que muchos programas municipales, que varios partidos políticos con registro y que la mayoría de los funcionarios que en algún momento prometieron resolverlo. Uno puede imaginar el expediente, si existe, con la pátina noble de un documento colonial, guardado en algún archivero donde las carpetas ya tienen derechos adquiridos.
El trámite de escrituración, en teoría, es un acto administrativo. En Paraíso Real se ha convertido en algo más parecido a una creencia: se transmite de generación en generación, se menciona en las reuniones familiares, se invoca cuando alguien quiere vender y descubre que no puede, y produce en los mayores esa mirada perdida que antes solo daban las cosechas perdidas.
Mientras tanto, la vida sigue. Sin drenaje, que es el detalle donde la poesía se acaba de golpe. Sin agua potable, que es donde la vida se vuelve logística diaria: acarrear, guardar, medir, racionar. Es decir, treinta años de administrar la escasez con una eficiencia que ya quisieran ciertas dependencias.
Y sin embargo, esta misma semana el estado presume que sus habitantes reportan una satisfacción con la vida de medio a alto. Uno se pregunta cuánto de esa satisfacción es genuina resiliencia mexicana y cuánto es el mecanismo psicológico de quien lleva tres décadas esperando y ya aprendió a no preguntar. Hay algo profundamente guanajuatense en eso: la capacidad de decir "ahí la llevamos" mientras se carga la cubeta.
De momento, los vecinos siguen habitando su paraíso. Real, según el nombre. Pendiente, según el papeleo. Y con la esperanza —esa sí, potable y abundante— de que alguien encuentre el expediente antes de que cumpla la mayoría de edad por segunda vez.