Como se nos fue un tercio de los pasajeros, cóbrenles más a los que quedan
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En León, los concesionarios del transporte público anunciaron que en veintidós días presentarán ante la Comisión Mixta Tarifaria su solicitud de aumento a la tarifa. Viene acompañada de un estudio técnico y financiero, porque estamos en el siglo veintiuno y ya no se piden las cosas nada más porque sí: ahora se piden con gráficas.
El estudio, según informó el líder de los concesionarios, contemplará dos elementos. El primero, comprensible: el incremento en el costo de los insumos. Todo subió, eso nadie lo discute, y las llantas y el diésel no leen comunicados de prensa. El segundo elemento es donde la cosa se pone filosóficamente interesante: la disminución del 32% en usuarios del transporte público.
Deténgase el lector a saborear el razonamiento. Se nos fue casi un tercio de la clientela; por lo tanto, hay que cobrarle más al resto. Es una lógica de una redondez impecable, casi budista. Si menos gente te compra, sube el precio. Si sube el precio, menos gente te compra. Si menos gente te compra, sube el precio otra vez. En algún punto del futuro quedará un solo pasajero en León pagando una tarifa astronómica, solo en su camión, contemplando el amanecer, sosteniendo económicamente todo el sistema con la dignidad de un mártir.
Lo que nadie parece querer preguntar en voz alta es por qué se fue ese 32%. Es un número enorme. Un tercio de los usuarios no desaparece porque sí; no se los llevó una nave espacial. Se fueron a la motocicleta —el estado sumó más de 47 mil motos registradas en apenas seis meses, con un padrón que ya rebasa las 749 mil unidades—, se fueron a las plataformas, se fueron caminando, se fueron a como pudieron. Es decir: hubo una migración masiva, silenciosa, votada con los pies y con las mensualidades de una moto italiana ensamblada quién sabe dónde.
Y frente a esa fuga, la respuesta institucional del gremio es ajustar el precio del boleto. Es como si un restaurante que se está vaciando decidiera que el problema es que la cuenta está demasiado barata.
En descargo de los transportistas hay que decir algo justo: ellos también están atrapados. Operan con costos que suben, con unidades que envejecen y con un sistema que nadie ha querido repensar de fondo en años. No son los villanos de esta historia; son los que quedaron parados frente al micrófono cuando la música se detuvo. Salamanca, por cierto, reporta lo mismo: 40% menos usuarios y ocho rutas perdidas en siete años. Esto no es un problema de León, es un padecimiento regional.
Pero mientras la conversación se limite a cuánto cuesta el boleto y no a por qué la gente prefiere jugarse la vida en una moto antes que subirse al camión, el estudio técnico va a seguir midiendo con enorme precisión la temperatura de un paciente al que nadie quiere revisar.
Veintidós días, entonces. Y contando.
El estudio, según informó el líder de los concesionarios, contemplará dos elementos. El primero, comprensible: el incremento en el costo de los insumos. Todo subió, eso nadie lo discute, y las llantas y el diésel no leen comunicados de prensa. El segundo elemento es donde la cosa se pone filosóficamente interesante: la disminución del 32% en usuarios del transporte público.
Deténgase el lector a saborear el razonamiento. Se nos fue casi un tercio de la clientela; por lo tanto, hay que cobrarle más al resto. Es una lógica de una redondez impecable, casi budista. Si menos gente te compra, sube el precio. Si sube el precio, menos gente te compra. Si menos gente te compra, sube el precio otra vez. En algún punto del futuro quedará un solo pasajero en León pagando una tarifa astronómica, solo en su camión, contemplando el amanecer, sosteniendo económicamente todo el sistema con la dignidad de un mártir.
Lo que nadie parece querer preguntar en voz alta es por qué se fue ese 32%. Es un número enorme. Un tercio de los usuarios no desaparece porque sí; no se los llevó una nave espacial. Se fueron a la motocicleta —el estado sumó más de 47 mil motos registradas en apenas seis meses, con un padrón que ya rebasa las 749 mil unidades—, se fueron a las plataformas, se fueron caminando, se fueron a como pudieron. Es decir: hubo una migración masiva, silenciosa, votada con los pies y con las mensualidades de una moto italiana ensamblada quién sabe dónde.
Y frente a esa fuga, la respuesta institucional del gremio es ajustar el precio del boleto. Es como si un restaurante que se está vaciando decidiera que el problema es que la cuenta está demasiado barata.
En descargo de los transportistas hay que decir algo justo: ellos también están atrapados. Operan con costos que suben, con unidades que envejecen y con un sistema que nadie ha querido repensar de fondo en años. No son los villanos de esta historia; son los que quedaron parados frente al micrófono cuando la música se detuvo. Salamanca, por cierto, reporta lo mismo: 40% menos usuarios y ocho rutas perdidas en siete años. Esto no es un problema de León, es un padecimiento regional.
Pero mientras la conversación se limite a cuánto cuesta el boleto y no a por qué la gente prefiere jugarse la vida en una moto antes que subirse al camión, el estudio técnico va a seguir midiendo con enorme precisión la temperatura de un paciente al que nadie quiere revisar.
Veintidós días, entonces. Y contando.