La lechuga michoacana ya viaja más que usted y con mejores contactos
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Taylor Farms retiró del mercado estadounidense toda la lechuga iceberg que produce en el centro de México, luego de que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades vincularan un brote de ciclosporiasis con hortalizas que la empresa surtió a restaurantes Taco Bell. Y aquí estamos otra vez, siendo noticia internacional por una verdura que ni siquiera sabe a nada.
Detengámonos un segundo en la protagonista. La lechuga iceberg es el ser más neutral del reino vegetal. Es agua con estructura. Es el relleno que le ponen a las cosas cuando ya no saben qué ponerles. Y sin embargo, es ella —no el aguacate, no la fresa, no la zarzamora— la que logró que el sistema sanitario estadounidense pronunciara la palabra "México" en un comunicado. Cada quien alcanza la fama como puede.
El detalle fino, para los que llevamos la cuenta: no es la primera vez. Ya la FDA había señalado antes que lechugas del estado fueron enviadas contaminadas al mercado estadounidense. O sea que esto no es un accidente: es una costumbre con reincidencia documentada. Y las costumbres, en el campo mexicano, no se corrigen con boletines: se corrigen con agua limpia, con inspección, con inversión y con alguien que responda cuando algo sale mal. Tres de esas cuatro cosas suelen escasear más que la lluvia en marzo.
Lo que va a pasar ahora lo podemos narrar sin ser adivinos. Habrá declaraciones de que se trata de una medida preventiva. Habrá una reunión interinstitucional. Habrá alguien que diga que se trabajará coordinadamente con los productores. Y habrá, sobre todo, miles de jornaleros y pequeños productores que no tuvieron nada que ver con la cadena de distribución pagando el precio de un mercado que se cierra por desconfianza.
Porque ese es el chiste amargo de la exportación agroalimentaria: los beneficios se reparten con criterio jerárquico y los daños con criterio democrático. Cuando el negocio va bien, gana quien firma el contrato. Cuando el negocio se cae, pierde quien corta la lechuga.
Y mientras tanto, en la mesa del comedor de una casa de Zamora o de Sahuayo, alguien seguirá lavando su lechuga con vinagre y bicarbonato como le enseñó su mamá, sin saber que ese ritual doméstico es, oficialmente, el sistema de control sanitario más confiable del que disponemos.
Que conste: el parásito se llama Cyclospora, la infección provoca diarrea severa y no hay absolutamente nada gracioso en eso. Lo gracioso —de reírse para no llorar— es que nos enteremos de la calidad de nuestro campo por un comunicado emitido a tres mil kilómetros de distancia, en inglés, y a propósito de una cadena de tacos que ni tacos hace.
Detengámonos un segundo en la protagonista. La lechuga iceberg es el ser más neutral del reino vegetal. Es agua con estructura. Es el relleno que le ponen a las cosas cuando ya no saben qué ponerles. Y sin embargo, es ella —no el aguacate, no la fresa, no la zarzamora— la que logró que el sistema sanitario estadounidense pronunciara la palabra "México" en un comunicado. Cada quien alcanza la fama como puede.
El detalle fino, para los que llevamos la cuenta: no es la primera vez. Ya la FDA había señalado antes que lechugas del estado fueron enviadas contaminadas al mercado estadounidense. O sea que esto no es un accidente: es una costumbre con reincidencia documentada. Y las costumbres, en el campo mexicano, no se corrigen con boletines: se corrigen con agua limpia, con inspección, con inversión y con alguien que responda cuando algo sale mal. Tres de esas cuatro cosas suelen escasear más que la lluvia en marzo.
Lo que va a pasar ahora lo podemos narrar sin ser adivinos. Habrá declaraciones de que se trata de una medida preventiva. Habrá una reunión interinstitucional. Habrá alguien que diga que se trabajará coordinadamente con los productores. Y habrá, sobre todo, miles de jornaleros y pequeños productores que no tuvieron nada que ver con la cadena de distribución pagando el precio de un mercado que se cierra por desconfianza.
Porque ese es el chiste amargo de la exportación agroalimentaria: los beneficios se reparten con criterio jerárquico y los daños con criterio democrático. Cuando el negocio va bien, gana quien firma el contrato. Cuando el negocio se cae, pierde quien corta la lechuga.
Y mientras tanto, en la mesa del comedor de una casa de Zamora o de Sahuayo, alguien seguirá lavando su lechuga con vinagre y bicarbonato como le enseñó su mamá, sin saber que ese ritual doméstico es, oficialmente, el sistema de control sanitario más confiable del que disponemos.
Que conste: el parásito se llama Cyclospora, la infección provoca diarrea severa y no hay absolutamente nada gracioso en eso. Lo gracioso —de reírse para no llorar— es que nos enteremos de la calidad de nuestro campo por un comunicado emitido a tres mil kilómetros de distancia, en inglés, y a propósito de una cadena de tacos que ni tacos hace.