Austeridad republicana: viaja en comercial hasta que el cielo dice que no
Tamaño de letra
Hay gestos que se explican solos y hay gestos que se explican con un parte meteorológico.
La presidenta anunció que aceptaba la invitación del presidente estadounidense para asistir a la final del Mundial en el estadio de Nueva Jersey. Hasta ahí, normal: es un evento donde se juntan jefes de Estado, directivos y miles de aficionados, y México es coanfitrión del torneo. El plan de viaje, en cambio, era una obra maestra del simbolismo: vuelo comercial desde Cancún, como cualquier hijo de vecino con maleta de mano y asiento de pasillo.
El guion venía redondo. Ya nos imaginábamos la fotografía: la mandataria formada en la sala de abordaje, revisando el celular, quizá negociando con la sobrecargo por un lugar en el compartimento superior. Austeridad en su expresión más fotogénica.
Y entonces llovió.
La aerolínea canceló la operación por las condiciones meteorológicas en la zona de Nueva York —tormentas eléctricas, alertas por inundaciones, calles anegadas, ese verano generoso del noreste—, y el plan comercial se convirtió en avión militar de la Secretaría de la Defensa Nacional. En cuestión de horas, el trayecto pasó de metáfora de sobriedad a operación aérea con matrícula castrense.
Aquí conviene ser justos: hay razones legítimas de seguridad y logística para que una jefa de Estado no dependa de la disponibilidad de asientos. Nadie discute eso. Lo que sí es delicioso es la coreografía. Primero el gesto, luego el clima, luego la turbina. Es la versión aeronáutica del "iba a caminar, pero está lloviendo", solo que el paraguas pesa varias toneladas y se estaciona en una base militar.
La explicación oficial subió la apuesta: la asistencia demuestra que hay comunicación y coordinación con el vecino del norte. Uno se pregunta cuántas mesas técnicas, cuántos memorándums de entendimiento y cuántas llamadas telefónicas habrían hecho falta para demostrar lo mismo, y la respuesta es que ninguna produce una foto tan buena como un palco compartido durante noventa minutos más tiempo agregado y pausa de hidratación.
Mientras tanto, en cualquier aeropuerto del país, cientos de mexicanos también vieron cancelado su vuelo este fin de semana. Su avión militar de respaldo llegó en forma de silla de plástico, un vale de sándwich y la promesa de reacomodo sujeta a disponibilidad. La coordinación binacional, en su caso, consistió en que el mostrador de allá y el de acá les dijeron lo mismo: espere.
El embajador estadounidense dio la bienvenida y elogió la organización del torneo. Los mexicanos que la esperaban afuera del hotel hicieron lo que hacemos siempre: sacar el celular. Y el regreso está previsto para el lunes por la mañana, porque hasta la diplomacia futbolera tiene que checar tarjeta.
Que quede el aprendizaje del fin de semana: la austeridad es un principio firme, salvo por causas de fuerza mayor. Y en este país, la fuerza mayor es cualquier cosa que se atraviese entre un funcionario y su destino.
La presidenta anunció que aceptaba la invitación del presidente estadounidense para asistir a la final del Mundial en el estadio de Nueva Jersey. Hasta ahí, normal: es un evento donde se juntan jefes de Estado, directivos y miles de aficionados, y México es coanfitrión del torneo. El plan de viaje, en cambio, era una obra maestra del simbolismo: vuelo comercial desde Cancún, como cualquier hijo de vecino con maleta de mano y asiento de pasillo.
El guion venía redondo. Ya nos imaginábamos la fotografía: la mandataria formada en la sala de abordaje, revisando el celular, quizá negociando con la sobrecargo por un lugar en el compartimento superior. Austeridad en su expresión más fotogénica.
Y entonces llovió.
La aerolínea canceló la operación por las condiciones meteorológicas en la zona de Nueva York —tormentas eléctricas, alertas por inundaciones, calles anegadas, ese verano generoso del noreste—, y el plan comercial se convirtió en avión militar de la Secretaría de la Defensa Nacional. En cuestión de horas, el trayecto pasó de metáfora de sobriedad a operación aérea con matrícula castrense.
Aquí conviene ser justos: hay razones legítimas de seguridad y logística para que una jefa de Estado no dependa de la disponibilidad de asientos. Nadie discute eso. Lo que sí es delicioso es la coreografía. Primero el gesto, luego el clima, luego la turbina. Es la versión aeronáutica del "iba a caminar, pero está lloviendo", solo que el paraguas pesa varias toneladas y se estaciona en una base militar.
La explicación oficial subió la apuesta: la asistencia demuestra que hay comunicación y coordinación con el vecino del norte. Uno se pregunta cuántas mesas técnicas, cuántos memorándums de entendimiento y cuántas llamadas telefónicas habrían hecho falta para demostrar lo mismo, y la respuesta es que ninguna produce una foto tan buena como un palco compartido durante noventa minutos más tiempo agregado y pausa de hidratación.
Mientras tanto, en cualquier aeropuerto del país, cientos de mexicanos también vieron cancelado su vuelo este fin de semana. Su avión militar de respaldo llegó en forma de silla de plástico, un vale de sándwich y la promesa de reacomodo sujeta a disponibilidad. La coordinación binacional, en su caso, consistió en que el mostrador de allá y el de acá les dijeron lo mismo: espere.
El embajador estadounidense dio la bienvenida y elogió la organización del torneo. Los mexicanos que la esperaban afuera del hotel hicieron lo que hacemos siempre: sacar el celular. Y el regreso está previsto para el lunes por la mañana, porque hasta la diplomacia futbolera tiene que checar tarjeta.
Que quede el aprendizaje del fin de semana: la austeridad es un principio firme, salvo por causas de fuerza mayor. Y en este país, la fuerza mayor es cualquier cosa que se atraviese entre un funcionario y su destino.