Dieciocho torres para una colonia que solo pedía que saliera agua
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Santa María la Ribera cumple más de siglo y medio de ser una de las primeras colonias de la Ciudad de México y, como toda señora respetable de esta ciudad, su premio por sobrevivir es que le construyan encima.
Los vecinos denuncian dieciocho megaproyectos inmobiliarios en la colonia, alcaldía Cuauhtémoc, y acusan que las autoridades ignoran la violación sistemática del Plan Parcial de Desarrollo Urbano. El resultado, dicen, es visible sin necesidad de peritaje: desabasto de agua, drenaje saturado, calles y banquetas deshechas, y la pérdida acelerada de su patrimonio urbano y su identidad barrial.
Es importante entender la magia del asunto. Un Plan Parcial de Desarrollo Urbano es un documento en el que la ciudad escribe, con letra bonita, cuánto puede crecer una zona sin que reviente. Es el equivalente urbano a la etiqueta de capacidad máxima en un elevador. Y ya sabemos cómo tratamos las etiquetas de capacidad máxima en este país: como una sugerencia optimista.
La colonia que dio al mundo el Kiosco Morisco, casas porfirianas y esa mezcla imposible de vecindad y art nouveau ahora compite en una categoría distinta: la de saber cuántos departamentos caben en un terreno donde el agua ya llegaba a medias.
Y este es el chiste que ya no da risa. El agua. Porque puedes construir veinte niveles, pero no puedes construir un acuífero. Puedes vender ochenta departamentos con "amenidades", pero el drenaje que los recibe fue diseñado cuando la colonia tenía casas de dos pisos y un burro de vez en cuando. La contradicción no es ideológica, es hidráulica.
Que quede claro: construir vivienda no es pecado. La ciudad necesita techo, y necesita densidad. El problema es la aritmética selectiva: la que suma metros cuadrados vendibles y resta, misteriosamente, litros disponibles. Es un modelo donde el desarrollador se lleva el ingreso y el vecino de toda la vida se lleva la pipa de agua.
Del otro lado de la ciudad hubo esta semana un contraejemplo que casi da esperanza. En Jardines del Pedregal, una constructora retiró su solicitud de cambio de uso de suelo para un centro comercial en la calle Cráter después de que la Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial y la alcaldía Álvaro Obregón le negaran el aval. El análisis de la PAOT advertía que el proyecto generaría un consumo de agua y una producción de residuos hasta 117 veces mayor que un uso habitacional. Ciento diecisiete. No es una plaza, es una ballena.
Entonces sí se puede. Cuando alguien saca la calculadora y la enseña en público, los proyectos se retiran solitos, con una elegancia digna de quien se levanta de la mesa antes de que llegue la cuenta.
La pregunta que se hacen en Santa María la Ribera es sencilla y por eso incómoda: ¿por qué la calculadora aparece en unas colonias y en otras no? ¿Es cuestión de código postal, de abogados, de nombre de la calle? Los vecinos llevan años preguntando y la respuesta que reciben es la más cara de todas: el silencio administrativo, ese que no cuesta nada y se paga toda la vida.
Mientras tanto, el Kiosco Morisco sigue ahí, aguantando. Lleva más de cien años sin pedir un cambio de uso de suelo. Qué poco visionario.
Los vecinos denuncian dieciocho megaproyectos inmobiliarios en la colonia, alcaldía Cuauhtémoc, y acusan que las autoridades ignoran la violación sistemática del Plan Parcial de Desarrollo Urbano. El resultado, dicen, es visible sin necesidad de peritaje: desabasto de agua, drenaje saturado, calles y banquetas deshechas, y la pérdida acelerada de su patrimonio urbano y su identidad barrial.
Es importante entender la magia del asunto. Un Plan Parcial de Desarrollo Urbano es un documento en el que la ciudad escribe, con letra bonita, cuánto puede crecer una zona sin que reviente. Es el equivalente urbano a la etiqueta de capacidad máxima en un elevador. Y ya sabemos cómo tratamos las etiquetas de capacidad máxima en este país: como una sugerencia optimista.
La colonia que dio al mundo el Kiosco Morisco, casas porfirianas y esa mezcla imposible de vecindad y art nouveau ahora compite en una categoría distinta: la de saber cuántos departamentos caben en un terreno donde el agua ya llegaba a medias.
Y este es el chiste que ya no da risa. El agua. Porque puedes construir veinte niveles, pero no puedes construir un acuífero. Puedes vender ochenta departamentos con "amenidades", pero el drenaje que los recibe fue diseñado cuando la colonia tenía casas de dos pisos y un burro de vez en cuando. La contradicción no es ideológica, es hidráulica.
Que quede claro: construir vivienda no es pecado. La ciudad necesita techo, y necesita densidad. El problema es la aritmética selectiva: la que suma metros cuadrados vendibles y resta, misteriosamente, litros disponibles. Es un modelo donde el desarrollador se lleva el ingreso y el vecino de toda la vida se lleva la pipa de agua.
Del otro lado de la ciudad hubo esta semana un contraejemplo que casi da esperanza. En Jardines del Pedregal, una constructora retiró su solicitud de cambio de uso de suelo para un centro comercial en la calle Cráter después de que la Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial y la alcaldía Álvaro Obregón le negaran el aval. El análisis de la PAOT advertía que el proyecto generaría un consumo de agua y una producción de residuos hasta 117 veces mayor que un uso habitacional. Ciento diecisiete. No es una plaza, es una ballena.
Entonces sí se puede. Cuando alguien saca la calculadora y la enseña en público, los proyectos se retiran solitos, con una elegancia digna de quien se levanta de la mesa antes de que llegue la cuenta.
La pregunta que se hacen en Santa María la Ribera es sencilla y por eso incómoda: ¿por qué la calculadora aparece en unas colonias y en otras no? ¿Es cuestión de código postal, de abogados, de nombre de la calle? Los vecinos llevan años preguntando y la respuesta que reciben es la más cara de todas: el silencio administrativo, ese que no cuesta nada y se paga toda la vida.
Mientras tanto, el Kiosco Morisco sigue ahí, aguantando. Lleva más de cien años sin pedir un cambio de uso de suelo. Qué poco visionario.