Salamanca: quinientos millones de sed y un incendio que no pasó nada
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Salamanca tuvo un día muy salmantino. Primero, un incendio en la refinería, controlado por brigadas de Pemex, con monitoreo posterior y riesgos descartados para la población. La ciudad, que ya tiene reflejo condicionado, miró la columna de humo, calculó la dirección del viento y se metió a comer.
Y en paralelo, la otra noticia: el proyecto para venderle agua tratada a Pemex está dividido en tres etapas que requieren casi 500 millones de pesos, es viable, tiene sentido, resuelve un problema real, y no tiene un solo peso de financiamiento. CMAPAS anda gestionando apoyo estatal y federal, que es la manera institucional de decir que anda tocando puertas con el sombrero en la mano.
Detengámonos en la poesía involuntaria del asunto. Salamanca lleva décadas dándole a la refinería todo: aire, agua, suelo, pulmones, notas de ocho columnas. Ahora que Salamanca por fin quiere venderle algo —agua tratada, un producto, un negocio limpio, literalmente— resulta que no hay con qué empezar. La ciudad puede regalarle a Pemex las consecuencias, pero no puede cobrarle el servicio. Ese es el modelo económico que llevamos.
Quinientos millones de pesos, además, es una cifra que hoy suena curiosamente familiar en Guanajuato. Uno acaba de ver pasar 230 millones hacia una inmobiliaria y estadio sin que nadie encontrara elementos suficientes para nada. Aquí, para agua, para infraestructura sanitaria, para un proyecto que se pagaría solo vendiéndole a la refinería, los elementos que faltan son más prosaicos: no hay lana.
Y mientras se gestiona, se sondea y se elabora el oficio, el resto de la vida salmantina sigue su curso: las cantinas tradicionales reportando caídas de entre 30 y 40 por ciento en ventas tras años de violencia y pandemia; los operativos decomisando alcohol y deteniendo a 15 personas por venta y consumo irregular en Campos Nuevos, donde además se detectaron menores extraviados; y la Guelaguetza oaxaqueña llenando de música, danza y artesanía una plaza que agradece cualquier cosa que no sea humo.
Esa es la fotografía completa. Una ciudad que aguanta el incendio con estoicismo profesional, que ve morir sus cantinas de toda la vida mientras el trago se muda a la cancha, que baila Guelaguetza prestada porque las propias fiestas ya cansan, y que tiene un proyecto de 500 millones esperando en la fila con número de turno.
Lo bueno es que hay monitoreo. En Salamanca siempre hay monitoreo. Lo que nunca hay es presupuesto.
Y en paralelo, la otra noticia: el proyecto para venderle agua tratada a Pemex está dividido en tres etapas que requieren casi 500 millones de pesos, es viable, tiene sentido, resuelve un problema real, y no tiene un solo peso de financiamiento. CMAPAS anda gestionando apoyo estatal y federal, que es la manera institucional de decir que anda tocando puertas con el sombrero en la mano.
Detengámonos en la poesía involuntaria del asunto. Salamanca lleva décadas dándole a la refinería todo: aire, agua, suelo, pulmones, notas de ocho columnas. Ahora que Salamanca por fin quiere venderle algo —agua tratada, un producto, un negocio limpio, literalmente— resulta que no hay con qué empezar. La ciudad puede regalarle a Pemex las consecuencias, pero no puede cobrarle el servicio. Ese es el modelo económico que llevamos.
Quinientos millones de pesos, además, es una cifra que hoy suena curiosamente familiar en Guanajuato. Uno acaba de ver pasar 230 millones hacia una inmobiliaria y estadio sin que nadie encontrara elementos suficientes para nada. Aquí, para agua, para infraestructura sanitaria, para un proyecto que se pagaría solo vendiéndole a la refinería, los elementos que faltan son más prosaicos: no hay lana.
Y mientras se gestiona, se sondea y se elabora el oficio, el resto de la vida salmantina sigue su curso: las cantinas tradicionales reportando caídas de entre 30 y 40 por ciento en ventas tras años de violencia y pandemia; los operativos decomisando alcohol y deteniendo a 15 personas por venta y consumo irregular en Campos Nuevos, donde además se detectaron menores extraviados; y la Guelaguetza oaxaqueña llenando de música, danza y artesanía una plaza que agradece cualquier cosa que no sea humo.
Esa es la fotografía completa. Una ciudad que aguanta el incendio con estoicismo profesional, que ve morir sus cantinas de toda la vida mientras el trago se muda a la cancha, que baila Guelaguetza prestada porque las propias fiestas ya cansan, y que tiene un proyecto de 500 millones esperando en la fila con número de turno.
Lo bueno es que hay monitoreo. En Salamanca siempre hay monitoreo. Lo que nunca hay es presupuesto.