El deportista que vende paletas para llegar al Mundial: bienvenido al modelo guanajuatense de alto rendimiento
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Sergio García, de Irapuato, es seleccionado nacional de taekwondo en la categoría Sub-15, modalidad Poomsae, y va a un Campeonato Mundial en Corea del Sur en septiembre. Ganó su lugar. El mérito está intacto, no lo tocamos.
Lo que sí vamos a tocar es lo otro: para pagarse el viaje, el muchacho vende paletas y dulces en cada competencia a la que va, con apoyo de su familia, y sigue buscando patrocinadores. O sea que el chavo tiene dos disciplinas: Poomsae y comercio ambulante. En una lo evalúan jueces internacionales; en la otra, la señora que le compra dos de limón porque hace calor.
Es un cuadro entrañable y también un diagnóstico. Guanajuato es un estado que presume programas deportivos: la Copa de la Gente con más de 11 mil participantes de los 46 municipios, selectivos rumbo a los Juegos Paranacionales, festivales de voleibol con 17 mil jugadores y 80 canchas en León, incluso un invitado brasileño campeón olímpico. Todo eso existe, todo eso se inaugura, todo eso sale bonito en la foto. Pero cuando un solo chamaco tiene que salir del estado y representar a México en el planeta entero, el mecanismo se le queda mirando y le dice: échale ganas, mijo.
La contabilidad del día ayuda a poner las cosas en perspectiva. Este mismo lunes se archivó una denuncia por 230 millones de pesos entregados a una inmobiliaria en el asunto del Estadio León, porque no se hallaron elementos suficientes para procedimiento alguno. Doscientos treinta millones. Sergio necesita, en el peor de los casos, una fracción tan ridícula de esa cifra que el propio cálculo ofende: lo que ese expediente movió alcanzaría para mandar a Corea del Sur a él, a su familia, a su entrenador, a su cuadra y probablemente a media Feria de las Fresas.
Y la lección práctica que le queda al deporte guanajuatense es dolorosamente clara: si quieres recursos públicos con fluidez, no seas atleta. Sé un inmueble. Los inmuebles no venden paletas, los inmuebles reciben transferencias.
Mientras tanto, si usted se topa en alguna competencia con un adolescente ofreciendo dulces al lado del área de calentamiento, cómprele. No es caridad: es el sistema estatal de becas deportivas operando en su modalidad más honesta, la de una hielera de unicel.
Y ojalá que en septiembre, cuando ese muchacho ejecute su forma en el tatami coreano, alguien en alguna oficina de Guanajuato lo vea por televisión y sienta, aunque sea tres segundos, el sabor a tamarindo del ridículo.
Lo que sí vamos a tocar es lo otro: para pagarse el viaje, el muchacho vende paletas y dulces en cada competencia a la que va, con apoyo de su familia, y sigue buscando patrocinadores. O sea que el chavo tiene dos disciplinas: Poomsae y comercio ambulante. En una lo evalúan jueces internacionales; en la otra, la señora que le compra dos de limón porque hace calor.
Es un cuadro entrañable y también un diagnóstico. Guanajuato es un estado que presume programas deportivos: la Copa de la Gente con más de 11 mil participantes de los 46 municipios, selectivos rumbo a los Juegos Paranacionales, festivales de voleibol con 17 mil jugadores y 80 canchas en León, incluso un invitado brasileño campeón olímpico. Todo eso existe, todo eso se inaugura, todo eso sale bonito en la foto. Pero cuando un solo chamaco tiene que salir del estado y representar a México en el planeta entero, el mecanismo se le queda mirando y le dice: échale ganas, mijo.
La contabilidad del día ayuda a poner las cosas en perspectiva. Este mismo lunes se archivó una denuncia por 230 millones de pesos entregados a una inmobiliaria en el asunto del Estadio León, porque no se hallaron elementos suficientes para procedimiento alguno. Doscientos treinta millones. Sergio necesita, en el peor de los casos, una fracción tan ridícula de esa cifra que el propio cálculo ofende: lo que ese expediente movió alcanzaría para mandar a Corea del Sur a él, a su familia, a su entrenador, a su cuadra y probablemente a media Feria de las Fresas.
Y la lección práctica que le queda al deporte guanajuatense es dolorosamente clara: si quieres recursos públicos con fluidez, no seas atleta. Sé un inmueble. Los inmuebles no venden paletas, los inmuebles reciben transferencias.
Mientras tanto, si usted se topa en alguna competencia con un adolescente ofreciendo dulces al lado del área de calentamiento, cómprele. No es caridad: es el sistema estatal de becas deportivas operando en su modalidad más honesta, la de una hielera de unicel.
Y ojalá que en septiembre, cuando ese muchacho ejecute su forma en el tatami coreano, alguien en alguna oficina de Guanajuato lo vea por televisión y sienta, aunque sea tres segundos, el sabor a tamarindo del ridículo.