El Inegi nos midió el alma y salimos reprobados con ocho punto cuatro
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Ya está el veredicto: según la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado 2025 del Inegi, Michoacán es el segundo estado con mayor nivel de depresión del país y el tercero con menor satisfacción con la vida, con un promedio de 8.48 sobre 10, apenas arriba de Oaxaca y Tabasco, y por debajo de Guerrero y Zacatecas.
Detengámonos en ese 8.48, porque ahí está toda la película. El Inegi tocó puertas, preguntó "del cero al diez, ¿qué tan satisfecho está con su vida?" y el michoacano promedio, después de pensarlo un segundo, contestó ocho y medio. Ocho y medio. Con esa calificación en la prepa te felicitan en la casa. Y sin embargo es de las peores del país, lo cual revela una verdad estadística incómoda: en México todos contestamos alto. Nadie quiere decirle a un desconocido con gafete que su vida es un seis. Sería una confesión demasiado cruda para hacerla en la puerta de la casa, con el perro ladrando y la ropa tendida.
Así que el dato no mide solamente cuánto sufrimos. Mide cuánto lo disimulamos. Y en ese deporte somos campeones absolutos.
Lo verdaderamente notable es que la depresión —esa sí, medida como padecimiento— nos coloca en segundo lugar nacional. Segundo. Plata. Y uno se pregunta qué combinación de factores podría explicarlo en un estado donde revisar el periódico local es un ejercicio de resistencia emocional: aseguramientos de huachicol por miles de litros, agresiones armadas contra corporaciones, camionetas volcadas en la Quiroga-Morelia, repartidores que reportan hasta cinco accidentes diarios en la capital, ciento treinta toneladas de basura sacadas de los cuerpos de agua después de una lluvia. Es un misterio impenetrable. Que venga un panel de expertos.
La reacción institucional a este tipo de encuestas es siempre la misma y siempre igual de insuficiente: alguien anuncia una campaña de salud mental. Un cartel. Un número telefónico. Una jornada con globos amarillos en la plaza. Y está bien, todo suma. Pero conviene decirlo en voz alta: la salud mental colectiva no se arregla solo con terapia, se arregla también con seguridad, con calles transitables, con empleos que paguen, con la certeza básica de que uno va a volver a casa. La ansiedad tiene causas materiales y esas no se curan con un folleto.
Mientras tanto, hay algo casi heroico en el michoacano que contesta 8.48. Es el mismo que sale a trabajar, se organiza, hace su tanda, pone su puesto, cuida a su gente y de noche dice "ya la libramos otro día". Puede que el Inegi lo lea como insatisfacción. Nosotros lo leemos como aguante.
Que conste, eso sí: el aguante no es un indicador de bienestar. Es un indicador de que nadie más está haciendo el trabajo.
Detengámonos en ese 8.48, porque ahí está toda la película. El Inegi tocó puertas, preguntó "del cero al diez, ¿qué tan satisfecho está con su vida?" y el michoacano promedio, después de pensarlo un segundo, contestó ocho y medio. Ocho y medio. Con esa calificación en la prepa te felicitan en la casa. Y sin embargo es de las peores del país, lo cual revela una verdad estadística incómoda: en México todos contestamos alto. Nadie quiere decirle a un desconocido con gafete que su vida es un seis. Sería una confesión demasiado cruda para hacerla en la puerta de la casa, con el perro ladrando y la ropa tendida.
Así que el dato no mide solamente cuánto sufrimos. Mide cuánto lo disimulamos. Y en ese deporte somos campeones absolutos.
Lo verdaderamente notable es que la depresión —esa sí, medida como padecimiento— nos coloca en segundo lugar nacional. Segundo. Plata. Y uno se pregunta qué combinación de factores podría explicarlo en un estado donde revisar el periódico local es un ejercicio de resistencia emocional: aseguramientos de huachicol por miles de litros, agresiones armadas contra corporaciones, camionetas volcadas en la Quiroga-Morelia, repartidores que reportan hasta cinco accidentes diarios en la capital, ciento treinta toneladas de basura sacadas de los cuerpos de agua después de una lluvia. Es un misterio impenetrable. Que venga un panel de expertos.
La reacción institucional a este tipo de encuestas es siempre la misma y siempre igual de insuficiente: alguien anuncia una campaña de salud mental. Un cartel. Un número telefónico. Una jornada con globos amarillos en la plaza. Y está bien, todo suma. Pero conviene decirlo en voz alta: la salud mental colectiva no se arregla solo con terapia, se arregla también con seguridad, con calles transitables, con empleos que paguen, con la certeza básica de que uno va a volver a casa. La ansiedad tiene causas materiales y esas no se curan con un folleto.
Mientras tanto, hay algo casi heroico en el michoacano que contesta 8.48. Es el mismo que sale a trabajar, se organiza, hace su tanda, pone su puesto, cuida a su gente y de noche dice "ya la libramos otro día". Puede que el Inegi lo lea como insatisfacción. Nosotros lo leemos como aguante.
Que conste, eso sí: el aguante no es un indicador de bienestar. Es un indicador de que nadie más está haciendo el trabajo.