Juárez tiene 234 formas de multarte y no usa casi ninguna
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Ciudad Juárez presumió esta semana un catálogo que haría llorar de emoción a cualquier burócrata: al menos 234 motivos distintos de infracción en su reglamento de Seguridad Vial. Doscientos treinta y cuatro. Un número tan alto que uno sospecha que hay más maneras de romper la ley que calles pavimentadas para hacerlo.
El repertorio va de lo esperable a lo sublime. Pasarse un semáforo en rojo, claro. Pero también: utilizar frecuencias de radio no permitidas, no ceder el paso a una manifestación, estacionarse en una bajada, y la joya de la corona, escuchar música sin audífonos cuando cause molestias a terceros. Existe, en el papel, la infracción por ser el vecino ruidoso del transporte público. El problema, según la propia nota, es que algunos de estos motivos llevan años sin sancionarse.
Y ahí está la gran ironía juarense: tener un reglamento tan exhaustivo que se vuelve decorativo. Es como comprar una caja de herramientas de 234 piezas para colgar un solo cuadro. La ley existe, está bellamente redactada, cubre escenarios que ni Kafka imaginó, y sin embargo duerme el sueño de los justos mientras la ciudad hace lo que quiere.
Uno imagina al inspector municipal frente a semejante menú, paralizado por las opciones, como quien entra a una taquería con carta de veinte guisos y termina pidiendo lo de siempre: el semáforo en rojo, el clásico que nunca falla. Las otras 233 posibilidades quedan como adorno legislativo, prueba de que alguien, alguna vez, se sentó a pensar en todas las formas posibles de portarse mal al volante.
Que conste: tener reglas claras es bueno y necesario. Una ciudad sin reglamento es un caos, y Juárez sabe de caos vial. El detalle es la brecha entre lo escrito y lo aplicado, ese abismo donde caben 234 infracciones y apenas un puñado de multas. Porque una norma que nadie aplica no ordena el tránsito: solo engorda el manual.
Así que la próxima vez que maneje por Juárez con la música a todo volumen y sin audífonos —hazaña acústica notable dentro de un carro—, sepa que técnicamente podría estar infringiendo el reglamento. Técnicamente. Que en México, ya sabemos, es la palabra más elástica del idioma.
El repertorio va de lo esperable a lo sublime. Pasarse un semáforo en rojo, claro. Pero también: utilizar frecuencias de radio no permitidas, no ceder el paso a una manifestación, estacionarse en una bajada, y la joya de la corona, escuchar música sin audífonos cuando cause molestias a terceros. Existe, en el papel, la infracción por ser el vecino ruidoso del transporte público. El problema, según la propia nota, es que algunos de estos motivos llevan años sin sancionarse.
Y ahí está la gran ironía juarense: tener un reglamento tan exhaustivo que se vuelve decorativo. Es como comprar una caja de herramientas de 234 piezas para colgar un solo cuadro. La ley existe, está bellamente redactada, cubre escenarios que ni Kafka imaginó, y sin embargo duerme el sueño de los justos mientras la ciudad hace lo que quiere.
Uno imagina al inspector municipal frente a semejante menú, paralizado por las opciones, como quien entra a una taquería con carta de veinte guisos y termina pidiendo lo de siempre: el semáforo en rojo, el clásico que nunca falla. Las otras 233 posibilidades quedan como adorno legislativo, prueba de que alguien, alguna vez, se sentó a pensar en todas las formas posibles de portarse mal al volante.
Que conste: tener reglas claras es bueno y necesario. Una ciudad sin reglamento es un caos, y Juárez sabe de caos vial. El detalle es la brecha entre lo escrito y lo aplicado, ese abismo donde caben 234 infracciones y apenas un puñado de multas. Porque una norma que nadie aplica no ordena el tránsito: solo engorda el manual.
Así que la próxima vez que maneje por Juárez con la música a todo volumen y sin audífonos —hazaña acústica notable dentro de un carro—, sepa que técnicamente podría estar infringiendo el reglamento. Técnicamente. Que en México, ya sabemos, es la palabra más elástica del idioma.