Salamanca compra drones de ocho horas para un cielo más vigilado que sus banquetas
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Salamanca entró oficialmente a la era del cielo. La Secretaría de Seguridad Pública, por voz de Juan Pablo Ramírez, presumió que la ciudad ya usa drones para perseguir vehículos, localizar sospechosos y apoyar operativos, y que ahora ambiciona algo mayor: un dron de ala fija con hasta ocho horas de autonomía. Ocho horas volando. El aparato aguantará despierto más que un salmantino en jornada doble y con menos quejas del clima.
Uno celebra la modernidad, de verdad. Es reconfortante saber que sobre Salamanca planeará una aeronave capaz de detectar a un ladrón desde las alturas con la paciencia de un zopilote tecnológico. El problema, como siempre, es lo que pasa a nivel del suelo, ahí donde vivimos los mortales sin cámara aérea. Porque mientras el dron toma vuelo, los accidentes viales en el municipio aumentaron 50% durante las vacaciones, la carretera Salamanca-Apaseo el Grande figura entre las más riesgosas del estado, y la Dirección de Movilidad tuvo que anunciar operativos 'más estrictos' con alcoholímetros y apoyo de la Guardia Nacional.
Es la estampa perfecta del progreso a la mexicana: ocho horas de vigilancia aérea sobre un territorio donde la principal amenaza sigue siendo el cruce mal calculado y el conductor que celebró de más. El dron podrá ver todo desde arriba, pero no podrá bajar a poner un tope, ni a pintar una raya, ni a evitar que dos motocicletas se encuentren en una curva sin señalización. La tecnología resuelve la parte cinematográfica de la seguridad —la persecución, el operativo, la toma espectacular— y deja intacta la parte aburrida, esa que salva vidas: banquetas, semáforos, cultura vial.
Hay que admitir que ya hay resultados, según la autoridad, y qué bueno. Pero permítanos el escepticismo bajacaliforniano de columnista provinciano: un municipio que necesita un dron con autonomía de ocho horas para cuidarse quizá también podría invertir alguna de esas horas en cuidar la carretera que, sin dron y sin misterio, ya sabemos exactamente dónde mata. El cielo de Salamanca estará bien patrullado. Ojalá algún día el asfalto también.
Uno celebra la modernidad, de verdad. Es reconfortante saber que sobre Salamanca planeará una aeronave capaz de detectar a un ladrón desde las alturas con la paciencia de un zopilote tecnológico. El problema, como siempre, es lo que pasa a nivel del suelo, ahí donde vivimos los mortales sin cámara aérea. Porque mientras el dron toma vuelo, los accidentes viales en el municipio aumentaron 50% durante las vacaciones, la carretera Salamanca-Apaseo el Grande figura entre las más riesgosas del estado, y la Dirección de Movilidad tuvo que anunciar operativos 'más estrictos' con alcoholímetros y apoyo de la Guardia Nacional.
Es la estampa perfecta del progreso a la mexicana: ocho horas de vigilancia aérea sobre un territorio donde la principal amenaza sigue siendo el cruce mal calculado y el conductor que celebró de más. El dron podrá ver todo desde arriba, pero no podrá bajar a poner un tope, ni a pintar una raya, ni a evitar que dos motocicletas se encuentren en una curva sin señalización. La tecnología resuelve la parte cinematográfica de la seguridad —la persecución, el operativo, la toma espectacular— y deja intacta la parte aburrida, esa que salva vidas: banquetas, semáforos, cultura vial.
Hay que admitir que ya hay resultados, según la autoridad, y qué bueno. Pero permítanos el escepticismo bajacaliforniano de columnista provinciano: un municipio que necesita un dron con autonomía de ocho horas para cuidarse quizá también podría invertir alguna de esas horas en cuidar la carretera que, sin dron y sin misterio, ya sabemos exactamente dónde mata. El cielo de Salamanca estará bien patrullado. Ojalá algún día el asfalto también.