Ganamos el Mundial y de pilón nos regalaron un río en la Zaragoza
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Treinta y nueve días de pantallas gigantes, banderas tricolores y un Zócalo convertido en la sala de estar de siete millones de personas, según las cuentas del gobierno capitalino. El Mundial se acabó, España levantó la copa en Nueva York y aquí, en la Ciudad de México, seguimos levantando algo también: el agua de la calzada Ignacio Zaragoza, que decidió despedirse de la fiesta con una alberca improvisada de 60 centímetros de tirante y 200 metros de largo.
La jefa de Gobierno lo resumió con una frase para el bronce: 'el gobierno aprendió, es mejor'. Y uno le cree, porque efectivamente aprendió: aprendió a organizar un Fan Fest para dos millones de almas, aprendió a coordinar cuarenta mil servidores públicos durante mes y medio y aprendió, sobre todo, a que la Línea A del Metro se convierta en la Línea Anfibia cada vez que caen tres gotas en el oriente. De Guelatao a La Paz, cinco estaciones fuera de servicio y usuarios trepados en camiones de volteo como si fueran extras de una película de catástrofes con presupuesto de tandeo. Eso sí es legado mundialista: hidráulico, participativo y con transbordo obligatorio a la lancha.
El contraste es de manual. Mientras funcionarios presumen que la capital 'ganó el Mundial' con una derrama de hasta 66 mil millones de pesos —cifra construida con transacciones de tarjeta que subieron 30 por ciento, muy bonita para una lámina de PowerPoint—, del otro lado del país el CEESP y Deloitte sacan la calculadora y susurran que el impacto real fue de apenas 0.1 por ciento del PIB. Traducido: el Mundial nos dejó menos billete del que presume la conferencia mañanera, y más goteras de las que reconoce el reporte de Protección Civil. Es como cuando alguien te dice que 'la reunión estuvo increíble' y luego revisas la cuenta y solo alcanzó para un refresco compartido.
Pero lo verdaderamente poético de estos días son los ajolotes. Durante la justa, la ciudad pintó ajolotes y leyendas de 'la pelota vuelve a casa' en los cruceros viales, esas intervenciones urbanas monísimas que servían para que el turista se tomara la foto. Terminó el Mundial y los ajolotes ya están despintados, borrados por los neumáticos y la lluvia, desaparecidos con la misma velocidad con que se desmontó el Fan Fest del Zócalo. El animalito endémico que resiste todo —hasta la extinción en Xochimilco— no aguantó ni un mes de tráfico capitalino. Metáfora gratis para quien la quiera: en esta ciudad todo lo bonito es temporal, patrocinado y de pintura vinílica.
Y como en toda posdata mundialista, llegó la parte incómoda de la contabilidad doméstica. Movimiento Ciudadano fue a poner una denuncia para que se investigue el uso de 3,360 millones de pesos destinados a la mitigación de lluvias —los mismos que, uno intuye, se supone deberían evitar que la Zaragoza se vuelva Venecia—. Antes ya habían denunciado por el asunto de la pintura morada. Morena respondió acusándolos de 'hipocresía y cinismo' y sugiriendo que primero expliquen sus propios territorios. O sea: pleito de vecinos, pero con recibos de miles de millones y un charco de fondo que a nadie se le quita del zapato.
Mientras los políticos se aventaban la cubeta de agua unos a otros, el ciudadano de a pie hacía sus propias cuentas mundialistas. ManpowerGroup avisó que el torneo dejó movimiento económico pero pocos empleos formales, porque buena parte de la fiesta se quedó en la informalidad —o sea, en el señor de las chelas y la güera de las banderas, héroes anónimos de la derrama—. Y la Anpec remató el ánimo nacional recordando que la canasta básica bajó la módica cantidad de 14.80 pesos, alcanza justo para dos viajes de Metrobús o siete bolillos. La resaca del Mundial no se cura con Alka-Seltzer: se cura con quincena, y esa no llega.
Así que el saldo capitalino queda más o menos así: siete millones festejando en la calle, dos millones en el Zócalo, cinco estaciones inundadas, unos ajolotes difuntos, una derrama que según quién la cuente fue histórica o fue propina, y una denuncia por 3,360 millones que nadie sabe a dónde se fueron pero que evidentemente no fueron a comprar bombas de achique. El gobierno aprendió, es mejor. Faltaría nomás que aprendiera a nadar, porque a este ritmo la próxima intervención urbana en los cruceros ya no serán ajolotes: serán salvavidas.
La jefa de Gobierno lo resumió con una frase para el bronce: 'el gobierno aprendió, es mejor'. Y uno le cree, porque efectivamente aprendió: aprendió a organizar un Fan Fest para dos millones de almas, aprendió a coordinar cuarenta mil servidores públicos durante mes y medio y aprendió, sobre todo, a que la Línea A del Metro se convierta en la Línea Anfibia cada vez que caen tres gotas en el oriente. De Guelatao a La Paz, cinco estaciones fuera de servicio y usuarios trepados en camiones de volteo como si fueran extras de una película de catástrofes con presupuesto de tandeo. Eso sí es legado mundialista: hidráulico, participativo y con transbordo obligatorio a la lancha.
El contraste es de manual. Mientras funcionarios presumen que la capital 'ganó el Mundial' con una derrama de hasta 66 mil millones de pesos —cifra construida con transacciones de tarjeta que subieron 30 por ciento, muy bonita para una lámina de PowerPoint—, del otro lado del país el CEESP y Deloitte sacan la calculadora y susurran que el impacto real fue de apenas 0.1 por ciento del PIB. Traducido: el Mundial nos dejó menos billete del que presume la conferencia mañanera, y más goteras de las que reconoce el reporte de Protección Civil. Es como cuando alguien te dice que 'la reunión estuvo increíble' y luego revisas la cuenta y solo alcanzó para un refresco compartido.
Pero lo verdaderamente poético de estos días son los ajolotes. Durante la justa, la ciudad pintó ajolotes y leyendas de 'la pelota vuelve a casa' en los cruceros viales, esas intervenciones urbanas monísimas que servían para que el turista se tomara la foto. Terminó el Mundial y los ajolotes ya están despintados, borrados por los neumáticos y la lluvia, desaparecidos con la misma velocidad con que se desmontó el Fan Fest del Zócalo. El animalito endémico que resiste todo —hasta la extinción en Xochimilco— no aguantó ni un mes de tráfico capitalino. Metáfora gratis para quien la quiera: en esta ciudad todo lo bonito es temporal, patrocinado y de pintura vinílica.
Y como en toda posdata mundialista, llegó la parte incómoda de la contabilidad doméstica. Movimiento Ciudadano fue a poner una denuncia para que se investigue el uso de 3,360 millones de pesos destinados a la mitigación de lluvias —los mismos que, uno intuye, se supone deberían evitar que la Zaragoza se vuelva Venecia—. Antes ya habían denunciado por el asunto de la pintura morada. Morena respondió acusándolos de 'hipocresía y cinismo' y sugiriendo que primero expliquen sus propios territorios. O sea: pleito de vecinos, pero con recibos de miles de millones y un charco de fondo que a nadie se le quita del zapato.
Mientras los políticos se aventaban la cubeta de agua unos a otros, el ciudadano de a pie hacía sus propias cuentas mundialistas. ManpowerGroup avisó que el torneo dejó movimiento económico pero pocos empleos formales, porque buena parte de la fiesta se quedó en la informalidad —o sea, en el señor de las chelas y la güera de las banderas, héroes anónimos de la derrama—. Y la Anpec remató el ánimo nacional recordando que la canasta básica bajó la módica cantidad de 14.80 pesos, alcanza justo para dos viajes de Metrobús o siete bolillos. La resaca del Mundial no se cura con Alka-Seltzer: se cura con quincena, y esa no llega.
Así que el saldo capitalino queda más o menos así: siete millones festejando en la calle, dos millones en el Zócalo, cinco estaciones inundadas, unos ajolotes difuntos, una derrama que según quién la cuente fue histórica o fue propina, y una denuncia por 3,360 millones que nadie sabe a dónde se fueron pero que evidentemente no fueron a comprar bombas de achique. El gobierno aprendió, es mejor. Faltaría nomás que aprendiera a nadar, porque a este ritmo la próxima intervención urbana en los cruceros ya no serán ajolotes: serán salvavidas.