El gobernador se echa un clavado y la ciudad aprende a bracear en su propia llave
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Hay pocas imágenes tan mexicanas como la de un funcionario descansando mientras el ciudadano hace fila. Esta semana Jalisco la elevó a nivel artístico: mientras la Zona Metropolitana de Guadalajara enfrenta la peor crisis de calidad del agua en años —con líquido que sale de la llave con color y sedimentos dignos de un río revuelto—, el titular del Ejecutivo estatal se fue de vacaciones, y las redes sociales reaccionaron como si hubiera cometido un delito de lesa hidratación.
Seamos honestos y humanos: cualquier persona con un cargo de esa presión merece descansar. Nadie discute el derecho a la playa. Lo que la vida nos regaló fue el timing, ese sentido del humor cósmico que puso el chapuzón del jefe justo cuando el resto de la ciudad chapotea sin querer en su propia cocina. La defensa pública fue de manual: "nada habría cambiado si descansaba unos días antes o después". El problema es que la frase, en lugar de calmar, confirma la tragedia: la crisis del agua es tan permanente que ya no existe un momento bueno para irse, porque todos los momentos son igual de malos. Es el descanso perpetuamente inoportuno porque la emergencia es perpetua.
Como bien apuntó la conversación pública, el famoso Plan Hídrico presentado la semana pasada parte de una idea seductora y tramposa: que el problema se resuelve con tubos y dinero. Pero cualquier vecino que lleva meses hirviendo agua para el café sabe que aquí lo que falta no es solo tubería, sino una visión de largo plazo que sobreviva a más de un periodo vacacional. Mientras tanto, la ciudadanía perfecciona su estilo de natación: de muertito, para flotar sin gastar energías, esperando que alguien allá arriba, ya bronceado y descansado, regrese con lucidez a tomar las decisiones que de verdad importan.
Que descanse, gobernador. Se lo ganó. Solo pedimos que, al volver, abra la llave de su casa antes que la de la conferencia. Para que sepa a qué sabe el problema.
Seamos honestos y humanos: cualquier persona con un cargo de esa presión merece descansar. Nadie discute el derecho a la playa. Lo que la vida nos regaló fue el timing, ese sentido del humor cósmico que puso el chapuzón del jefe justo cuando el resto de la ciudad chapotea sin querer en su propia cocina. La defensa pública fue de manual: "nada habría cambiado si descansaba unos días antes o después". El problema es que la frase, en lugar de calmar, confirma la tragedia: la crisis del agua es tan permanente que ya no existe un momento bueno para irse, porque todos los momentos son igual de malos. Es el descanso perpetuamente inoportuno porque la emergencia es perpetua.
Como bien apuntó la conversación pública, el famoso Plan Hídrico presentado la semana pasada parte de una idea seductora y tramposa: que el problema se resuelve con tubos y dinero. Pero cualquier vecino que lleva meses hirviendo agua para el café sabe que aquí lo que falta no es solo tubería, sino una visión de largo plazo que sobreviva a más de un periodo vacacional. Mientras tanto, la ciudadanía perfecciona su estilo de natación: de muertito, para flotar sin gastar energías, esperando que alguien allá arriba, ya bronceado y descansado, regrese con lucidez a tomar las decisiones que de verdad importan.
Que descanse, gobernador. Se lo ganó. Solo pedimos que, al volver, abra la llave de su casa antes que la de la conferencia. Para que sepa a qué sabe el problema.