Escoltas de utilería: la seguridad privada que ni protege ni es de fiar
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Jalisco vive un boom empresarial que nadie planeó: el de los escoltas apócrifos. Esta semana, la Policía Metropolitana detuvo a otros tres sujetos que aseguraron ser guardias de protección personal, pero que a la hora de la verdad portaban armas de fuego, cartuchos y una documentación tan falsa como su currículum. Ya van varios en la cuenta, y la tendencia empieza a parecer una franquicia.
El concepto de negocio es admirable por lo absurdo. Se supone que un escolta existe para brindar seguridad y confianza; estos ofrecían justo lo contrario: hombres armados con credenciales que no aguantan ni una revisión de rutina. Es contratar tranquilidad y recibir un motivo más de preocupación. El colmo del outsourcing: le pagas a alguien para que te cuide y resulta que a quien hay que cuidar es a ti de él.
Lo preocupante no es solo el disfraz, sino lo que revela: en el mercado gris de la seguridad, cualquiera se cuelga una identificación, se fajaa un arma y sale a la calle a hacerse pasar por profesional. En una metrópoli donde la percepción de inseguridad manda, hay quien encontró la veta perfecta: vender la sensación de protección sin ninguno de sus requisitos legales. Papeles chuecos, armas verdaderas y una fe ciega de los clientes que contratan sin preguntar.
Afortunadamente, en este caso la autoridad hizo su trabajo y los bajó de su papel protagónico antes de que pasara a mayores. Pero la moraleja para el respetable es clara: si va a contratar quien lo proteja, revise que el guarura no sea el primer riesgo de su día. Porque en el catálogo de emprendimientos jaliscienses del momento, el escolta pirata compite fuerte con el agua turbia por el premio a lo que se vende caro y no cumple lo que promete.
El concepto de negocio es admirable por lo absurdo. Se supone que un escolta existe para brindar seguridad y confianza; estos ofrecían justo lo contrario: hombres armados con credenciales que no aguantan ni una revisión de rutina. Es contratar tranquilidad y recibir un motivo más de preocupación. El colmo del outsourcing: le pagas a alguien para que te cuide y resulta que a quien hay que cuidar es a ti de él.
Lo preocupante no es solo el disfraz, sino lo que revela: en el mercado gris de la seguridad, cualquiera se cuelga una identificación, se fajaa un arma y sale a la calle a hacerse pasar por profesional. En una metrópoli donde la percepción de inseguridad manda, hay quien encontró la veta perfecta: vender la sensación de protección sin ninguno de sus requisitos legales. Papeles chuecos, armas verdaderas y una fe ciega de los clientes que contratan sin preguntar.
Afortunadamente, en este caso la autoridad hizo su trabajo y los bajó de su papel protagónico antes de que pasara a mayores. Pero la moraleja para el respetable es clara: si va a contratar quien lo proteja, revise que el guarura no sea el primer riesgo de su día. Porque en el catálogo de emprendimientos jaliscienses del momento, el escolta pirata compite fuerte con el agua turbia por el premio a lo que se vende caro y no cumple lo que promete.