El zoológico de León: donde los animales sí sabían quién los traficaba, pero nadie los defendía
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Resulta que en el zoológico municipal de León no todo era algodón de azúcar y elefante triste dando vueltas. La propia alcaldesa lo confirmó con nombre y apellido de escándalo: sí existía una red de tráfico de animales, hay fotos, hay evidencias, y —el detalle que hiela— hay personal que no denunciaba por miedo. Es decir, dentro del recinto que presume educar sobre la conservación de la vida silvestre, la vida silvestre andaba de mudanza forzada.
Uno visita el zoológico pensando que el drama más grande del día será que el león no salga de su cueva a la hora de la foto. Y no: el drama era logístico, con destino de exportación. Los animales, que no votan, que no se registran como defensores de nada, que no dan ruedas de prensa, terminaron siendo el eslabón más vulnerable de una cadena que operaba a la vista de trabajadores amordazados por el temor. Aplausos para la transparencia tardía, esa que llega cuando ya no queda más remedio que confirmarla.
Lo que verdaderamente aprieta el estómago no es solo el tráfico, sino la palabra "miedo". Que el personal de un zoológico municipal —empleados públicos, gente que ficha entrada y salida— no se atreviera a denunciar dice más del clima laboral que mil informes de gobierno. Cuidar changos, felinos y aves resultó, al parecer, menos riesgoso que abrir la boca.
Ojalá que la confirmación oficial no se quede en la etapa heroica del comunicado y avance a la etapa aburrida pero útil: sanciones, protocolos y garantías para que el que hable no acabe pagando el enojo. Porque un zoológico se mide por cómo trata a lo que no puede defenderse solo. Y en León, por lo pronto, los animales quedaron a deber una disculpa institucional con recibo.
Uno visita el zoológico pensando que el drama más grande del día será que el león no salga de su cueva a la hora de la foto. Y no: el drama era logístico, con destino de exportación. Los animales, que no votan, que no se registran como defensores de nada, que no dan ruedas de prensa, terminaron siendo el eslabón más vulnerable de una cadena que operaba a la vista de trabajadores amordazados por el temor. Aplausos para la transparencia tardía, esa que llega cuando ya no queda más remedio que confirmarla.
Lo que verdaderamente aprieta el estómago no es solo el tráfico, sino la palabra "miedo". Que el personal de un zoológico municipal —empleados públicos, gente que ficha entrada y salida— no se atreviera a denunciar dice más del clima laboral que mil informes de gobierno. Cuidar changos, felinos y aves resultó, al parecer, menos riesgoso que abrir la boca.
Ojalá que la confirmación oficial no se quede en la etapa heroica del comunicado y avance a la etapa aburrida pero útil: sanciones, protocolos y garantías para que el que hable no acabe pagando el enojo. Porque un zoológico se mide por cómo trata a lo que no puede defenderse solo. Y en León, por lo pronto, los animales quedaron a deber una disculpa institucional con recibo.