En Salamanca el acuífero baja y el arsénico sube: la tabla periódica ya viene en el vaso
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Mientras media clase política del estado se registraba para defender a la patria, en Salamanca alguien recordó una amenaza mucho más literal: cada metro que baja el acuífero acerca a la ciudad a beber agua de peor calidad. Lo advierte la Confederación Nacional Campesina, y la explicación es de esas que quitan la sed de golpe: la sobreexplotación obliga a perforar pozos cada vez más profundos, y ahí abajo aumenta la presencia de minerales como arsénico y flúor. Traducido: el vaso de agua salmantino podría venir con obsequio químico de la casa.
No es metáfora ni exageración de columnista. Es hidrogeología pura y dura. El agua no entiende de campañas, no se registra como aspirante, no promete unidad ni reconciliación. Simplemente baja, y conforme baja, se pone más brava. Y ninguno de los flamantes defensores de la familia levantó la mano —todavía— para defender el manto del que esa misma familia toma agua todos los días.
Hay algo profundamente guanajuatense en la escena: un estado que presume corredores industriales, inversiones millonarias y metas sexenales rebasadas, pero que perfora más hondo cada año para sacar un líquido cada vez menos recomendable. El progreso pesado consume agua; el agua no se repone al ritmo del PowerPoint. Y el problema con el arsénico es que no hace ruido, no sale en foto, no genera rueda de prensa hasta que ya lleva años acumulándose en el organismo de quien menos culpa tiene.
Ojalá que el tema del acuífero suba en la lista de prioridades tan rápido como bajó el nivel del agua. Porque se puede vivir sin candidato favorito, sin globo aerostático y hasta sin torneo de billar. Sin agua potable, no. Y defender eso sí que sería, con todas sus letras, defender a la familia.
No es metáfora ni exageración de columnista. Es hidrogeología pura y dura. El agua no entiende de campañas, no se registra como aspirante, no promete unidad ni reconciliación. Simplemente baja, y conforme baja, se pone más brava. Y ninguno de los flamantes defensores de la familia levantó la mano —todavía— para defender el manto del que esa misma familia toma agua todos los días.
Hay algo profundamente guanajuatense en la escena: un estado que presume corredores industriales, inversiones millonarias y metas sexenales rebasadas, pero que perfora más hondo cada año para sacar un líquido cada vez menos recomendable. El progreso pesado consume agua; el agua no se repone al ritmo del PowerPoint. Y el problema con el arsénico es que no hace ruido, no sale en foto, no genera rueda de prensa hasta que ya lleva años acumulándose en el organismo de quien menos culpa tiene.
Ojalá que el tema del acuífero suba en la lista de prioridades tan rápido como bajó el nivel del agua. Porque se puede vivir sin candidato favorito, sin globo aerostático y hasta sin torneo de billar. Sin agua potable, no. Y defender eso sí que sería, con todas sus letras, defender a la familia.