Bienvenidos a la CDMX: donde hasta las inauguraciones vienen en obra negra
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Hay ciudades que se inauguran cuando están terminadas. La nuestra prefiere el suspenso. La estación Bellas Artes de la Línea 8 ya fue estrenada con corte de listón, discurso y todo, pero mantiene accesos cerrados y escaleras eléctricas fuera de servicio, para que sus 16 mil usuarios diarios entiendan que aquí una inauguración es apenas el capítulo piloto de una serie larga. Es el equivalente urbano a servirte el pastel de cumpleaños y avisarte que el betún llega en la próxima temporada.
El transporte capitalino, ese personaje entrañable que siempre nos deja a diez minutos del trabajo pero a tres horas del descanso, tuvo un día espléndido. La Línea A volvió a anegarse, con lo que los usuarios reportaron traslados alargados hasta tres horas, porque las inundaciones en la zona de Zaragoza son —cito textual— recurrentes. Recurrentes como el aguinaldo: sabes que existe, sabes cuándo llega, y aun así te agarra sin paraguas. Mientras tanto, sobre Insurgentes, cerca de la estación Nuevo León, dos unidades del Metrobús decidieron abrazarse con tanto cariño que dejaron 16 personas lesionadas: una unidad alcanzó por detrás a la otra en el carril confinado, ese carril que confinaron precisamente para que esto no pasara. Un carril exclusivo para autobuses y, aparentemente, para que se encuentren entre ellos.
En la superficie las cosas no van mucho mejor, aunque a veces mejoran demasiado. En la colonia Del Valle reabrieron por fin las calles Adolfo Prieto y Concepción Béistegui tras reparar un socavón de diez metros de largo por cuatro y medio de profundidad, cortesía de un tubo roto de la red de drenaje. Lo notable no es el hoyo capaz de tragarse una camioneta de alta gama, sino que la alcaldía presumió haber terminado los trabajos 24 horas antes de lo programado. Traducción: batimos récord reparando un boquete que nunca debió abrirse. Es el orgullo de llegar temprano al examen de recuperación de una materia que reprobaste tú mismo.
Y hablando de camionetas de alta gama, la Fiscalía anda tras Los Danis, una banda de robo de autos con violencia que opera con logística envidiable en Iztacalco, Iztapalapa y Gustavo A. Madero: identifican víctima, identifican vehículo y actúan, con al menos 15 carpetas de investigación en su haber. Uno desearía esa misma puntualidad en el suministro de agua. Porque mientras tanto en Iztapalapa florecen los milagros: los Guardianes del Tepepolco, que llevan siete años reforestando el Peñón Viejo, resumieron el estado de ánimo nacional con una frase para enmarcar. Antes lo hacían, dijeron, sólo por amor al cerro; ahora lo siguen haciendo por amor al cerro, pero además tienen un sueldo. Ahí está, señores, la definición más honesta de vocación con seguridad social que ha producido esta ciudad.
La seguridad social, justamente, fue el grito del día. Cerca de 400 mototaxis y bicitaxis colonizaron la avenida 20 de Noviembre durante cuatro horas, convertida en estacionamiento reivindicativo, para exigir la regularización del servicio, acceso a un seguro médico y vivienda digna. Un operador con más de veinte años al volante lo pidió sin rodeos. Y uno los entiende: es difícil pedir que te reconozcan como movilidad del futuro cuando el presente te tiene sin papeles y con la cadera molida. La ironía es que bloquearon una vialidad para exigir dejar de ser un problema de vialidad. Muy CDMX todo.
En materia económica, el Centro Histórico salió del Mundial con la resaca y sin la propina. El líder de Procentrhico advirtió que la derrama fue profundamente desigual: mientras unos brindaban, las joyerías y papelerías no vieron ni un aficionado. Resulta que quien viene a la fiesta del futbol no pasa a comprar un juego de geometría ni una argolla de compromiso. Quién lo diría.
Y para cerrar con el termómetro moral de la ciudad, en Iztapalapa apareció un mural de un conocido presentador de televisión de 79 años rodeado de perros, pintado como respuesta a sus polémicos dichos sobre maltrato animal. Es oficial: en esta capital ya no te cancelan, te muralizan. El graffiti como tribunal popular, el aerosol como sentencia y la barda como muro de los lamentos. Bienvenidos a la ciudad donde todo está en obra, hasta la conciencia. Cuídense de los baches, de los abrazos del Metrobús y, sobre todo, de opinar de más: aquí las paredes escuchan y, además, pintan.
El transporte capitalino, ese personaje entrañable que siempre nos deja a diez minutos del trabajo pero a tres horas del descanso, tuvo un día espléndido. La Línea A volvió a anegarse, con lo que los usuarios reportaron traslados alargados hasta tres horas, porque las inundaciones en la zona de Zaragoza son —cito textual— recurrentes. Recurrentes como el aguinaldo: sabes que existe, sabes cuándo llega, y aun así te agarra sin paraguas. Mientras tanto, sobre Insurgentes, cerca de la estación Nuevo León, dos unidades del Metrobús decidieron abrazarse con tanto cariño que dejaron 16 personas lesionadas: una unidad alcanzó por detrás a la otra en el carril confinado, ese carril que confinaron precisamente para que esto no pasara. Un carril exclusivo para autobuses y, aparentemente, para que se encuentren entre ellos.
En la superficie las cosas no van mucho mejor, aunque a veces mejoran demasiado. En la colonia Del Valle reabrieron por fin las calles Adolfo Prieto y Concepción Béistegui tras reparar un socavón de diez metros de largo por cuatro y medio de profundidad, cortesía de un tubo roto de la red de drenaje. Lo notable no es el hoyo capaz de tragarse una camioneta de alta gama, sino que la alcaldía presumió haber terminado los trabajos 24 horas antes de lo programado. Traducción: batimos récord reparando un boquete que nunca debió abrirse. Es el orgullo de llegar temprano al examen de recuperación de una materia que reprobaste tú mismo.
Y hablando de camionetas de alta gama, la Fiscalía anda tras Los Danis, una banda de robo de autos con violencia que opera con logística envidiable en Iztacalco, Iztapalapa y Gustavo A. Madero: identifican víctima, identifican vehículo y actúan, con al menos 15 carpetas de investigación en su haber. Uno desearía esa misma puntualidad en el suministro de agua. Porque mientras tanto en Iztapalapa florecen los milagros: los Guardianes del Tepepolco, que llevan siete años reforestando el Peñón Viejo, resumieron el estado de ánimo nacional con una frase para enmarcar. Antes lo hacían, dijeron, sólo por amor al cerro; ahora lo siguen haciendo por amor al cerro, pero además tienen un sueldo. Ahí está, señores, la definición más honesta de vocación con seguridad social que ha producido esta ciudad.
La seguridad social, justamente, fue el grito del día. Cerca de 400 mototaxis y bicitaxis colonizaron la avenida 20 de Noviembre durante cuatro horas, convertida en estacionamiento reivindicativo, para exigir la regularización del servicio, acceso a un seguro médico y vivienda digna. Un operador con más de veinte años al volante lo pidió sin rodeos. Y uno los entiende: es difícil pedir que te reconozcan como movilidad del futuro cuando el presente te tiene sin papeles y con la cadera molida. La ironía es que bloquearon una vialidad para exigir dejar de ser un problema de vialidad. Muy CDMX todo.
En materia económica, el Centro Histórico salió del Mundial con la resaca y sin la propina. El líder de Procentrhico advirtió que la derrama fue profundamente desigual: mientras unos brindaban, las joyerías y papelerías no vieron ni un aficionado. Resulta que quien viene a la fiesta del futbol no pasa a comprar un juego de geometría ni una argolla de compromiso. Quién lo diría.
Y para cerrar con el termómetro moral de la ciudad, en Iztapalapa apareció un mural de un conocido presentador de televisión de 79 años rodeado de perros, pintado como respuesta a sus polémicos dichos sobre maltrato animal. Es oficial: en esta capital ya no te cancelan, te muralizan. El graffiti como tribunal popular, el aerosol como sentencia y la barda como muro de los lamentos. Bienvenidos a la ciudad donde todo está en obra, hasta la conciencia. Cuídense de los baches, de los abrazos del Metrobús y, sobre todo, de opinar de más: aquí las paredes escuchan y, además, pintan.