Bellas Artes: la estación que se inauguró en modo demo
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Hay estrenos que emocionan y estrenos que dan flojera, pero pocos igualan la audacia conceptual de inaugurar algo que sigue en obras. La estación Bellas Artes de la Línea 8 del Metro ya fue oficialmente estrenada —con su respectiva ceremonia—, y sin embargo mantiene accesos cerrados y escaleras eléctricas fuera de servicio, todo para deleite de los aproximadamente 16 mil usuarios que la utilizan cada día para llegar tarde a sus destinos.
Es, digámoslo con cariño, la versión de prueba gratuita de una estación: te dejan entrar, pero las funciones premium (que abran todas las puertas, que las escaleras suban solas) están bloqueadas hasta nuevo aviso. El usuario capitalino, que es un ser evolucionado, ya no espera que las cosas funcionen; espera, en el mejor de los casos, que existan. Y una estación que existe pero no camina es prácticamente un monumento: se ve bonita, no te lleva a ningún lado y le tomas foto.
Uno imagina la lógica: para qué esperar a terminar si podemos inaugurar hoy y terminar en algún punto indeterminado del futuro, esa dimensión donde también viven la Línea 12 ampliada y el agua que no llega. Total, mientras las escaleras eléctricas descansan, los usuarios hacen ejercicio de piernas gratis, que en estos tiempos de inflación se agradece.
Lo verdaderamente admirable es la fe. Dieciséis mil personas suben cada mañana convencidas de que hoy sí abrirán ese acceso, de que hoy sí subirá esa escalera. Fe metropolitana pura, la misma que nos hace creer que el micro va a caber en el hueco y que el aguacero de la tarde no nos va a tocar. En Bellas Artes, cuna del arte mexicano, hasta la burocracia se puso performática: nos regaló una inauguración que sigue siendo, básicamente, una obra en proceso. Muy conceptual. Muy nuestro.
Es, digámoslo con cariño, la versión de prueba gratuita de una estación: te dejan entrar, pero las funciones premium (que abran todas las puertas, que las escaleras suban solas) están bloqueadas hasta nuevo aviso. El usuario capitalino, que es un ser evolucionado, ya no espera que las cosas funcionen; espera, en el mejor de los casos, que existan. Y una estación que existe pero no camina es prácticamente un monumento: se ve bonita, no te lleva a ningún lado y le tomas foto.
Uno imagina la lógica: para qué esperar a terminar si podemos inaugurar hoy y terminar en algún punto indeterminado del futuro, esa dimensión donde también viven la Línea 12 ampliada y el agua que no llega. Total, mientras las escaleras eléctricas descansan, los usuarios hacen ejercicio de piernas gratis, que en estos tiempos de inflación se agradece.
Lo verdaderamente admirable es la fe. Dieciséis mil personas suben cada mañana convencidas de que hoy sí abrirán ese acceso, de que hoy sí subirá esa escalera. Fe metropolitana pura, la misma que nos hace creer que el micro va a caber en el hueco y que el aguacero de la tarde no nos va a tocar. En Bellas Artes, cuna del arte mexicano, hasta la burocracia se puso performática: nos regaló una inauguración que sigue siendo, básicamente, una obra en proceso. Muy conceptual. Muy nuestro.