Bloquear una avenida para exigir dejar de ser problema de tránsito
Tamaño de letra
La avenida 20 de Noviembre amaneció convertida en un estacionamiento reivindicativo: desde las siete de la mañana y durante cuatro horas, cerca de 400 mototaxis y bicitaxis se apoderaron del asfalto entre Venustiano Carranza y Mesones, con cartulinas que pedían un seguro social médico. Operadores de varias organizaciones exigen que se regularice su servicio, se les reconozca como un medio legítimo de movilidad y se les garanticen derechos como seguridad social y vivienda digna. Uno de ellos, con más de veinte años al timón en Iztapalapa, lo dijo claro: quieren existir en la ley, no solo en el paisaje.
Y las demandas son de lo más sensatas. Es dificilísimo pedir un seguro médico cuando tu oficina es un vehículo de tres ruedas que absorbe cada tope de la ciudad directo a la columna vertebral. La chamba existe, la usa medio Iztapalapa para llegar del metro a su casa, pero legalmente estos operadores viven en una especie de limbo: indispensables e invisibles al mismo tiempo, como el internet cuando lo necesitas.
La gran paradoja, esa que solo la CDMX produce en estado puro, es el método: para exigir que dejen de tratarlos como un estorbo vial, tomaron una vialidad y generaron —lo dice la propia crónica— afectación al tránsito. Es la protesta más honesta del mundo: 'demostraremos que somos indispensables poniéndote de malas'. Y funciona, porque nada convence más rápido a una ciudad de que un servicio importa que quitárselo por una mañana.
En el fondo hay un reclamo real y viejo: el de miles de personas que mueven a la ciudad sin que la ciudad los mueva a ellos hacia un derecho básico. Que se regularicen o no ya es tarea de las autoridades. Pero algo aprendimos: en esta metrópoli, hasta para pedir dignidad hay que agarrar carril.
Y las demandas son de lo más sensatas. Es dificilísimo pedir un seguro médico cuando tu oficina es un vehículo de tres ruedas que absorbe cada tope de la ciudad directo a la columna vertebral. La chamba existe, la usa medio Iztapalapa para llegar del metro a su casa, pero legalmente estos operadores viven en una especie de limbo: indispensables e invisibles al mismo tiempo, como el internet cuando lo necesitas.
La gran paradoja, esa que solo la CDMX produce en estado puro, es el método: para exigir que dejen de tratarlos como un estorbo vial, tomaron una vialidad y generaron —lo dice la propia crónica— afectación al tránsito. Es la protesta más honesta del mundo: 'demostraremos que somos indispensables poniéndote de malas'. Y funciona, porque nada convence más rápido a una ciudad de que un servicio importa que quitárselo por una mañana.
En el fondo hay un reclamo real y viejo: el de miles de personas que mueven a la ciudad sin que la ciudad los mueva a ellos hacia un derecho básico. Que se regularicen o no ya es tarea de las autoridades. Pero algo aprendimos: en esta metrópoli, hasta para pedir dignidad hay que agarrar carril.